20 febrero 2012

Ante la muerte, respeto, pero no miedo

Ante la muerte, respeto, pero no miedo

Emili Avilés Cutillas

Padre de familia numerosa. Profesor especialista en pedagogía
terapéutica. Trabaja como profesor-tutor en un colegio
de Educación Primaria. Colabora como columnista de opinión en
diversos medios de comunicación escrita.

Es subdirector de la página educativa: educaresfacil.com

En una antigua entrevista televisada, respondía un muy anciano Dámaso
Alonso, sabio entre los sabios, al ser preguntado por sus perspectivas de
futuro: «En lo que me conserve Dios de vida trataré de rematar los estudios
necesarios y no completados, de anudar algunos cabos sueltos. En fin, de
redondear en lo posible mi obra, que en sus puntos principales ya está por lo
menos terminada en cuando al trabajo mío.»

Me ha venido a la memoria esa cita rebosante de sencillez, y la he vuelto a oír
y así la transcribo, al leer que el científico Stephen Hawking afirmó el pasado
domingo en «The Guardian» que: La idea del paraíso y de la vida después
de la muerte es un «cuento de hadas», de gente que le tiene miedo a la
muerte. E insiste que no hay nada después del momento en que el cerebro
deja de funcionar.

Evito hacer un juicio de valor, pero me ha dado mucha pena constatar cómo
gente extremadamente inteligente no alcanza a ser sabia pues ignoran que
la persona humana es mucho más que «una computadora que deja de
funcionar cuando faltan sus componentes».

O sea, ¿que es casual el orden y concierto, la sincronización de los
100.000 millones de neuronas que tenemos cada persona en el cerebro?
¡Por favor! Al menos, a ver si reconocemos que el mundo sería demasiado
triste si nos quedamos sólo con la Física.

Convendremos en que a cada ser humano, desde la concepción hasta
la muerte natural, se le debe reconocer la dignidad de persona. E incluso
podríamos estar fácilmente de acuerdo en que la creencia en un Dios no es
una cualidad accidental del ser humano, es una cualidad esencial.

Por ejemplo, y concretando en un asunto de actualidad, vamos a llamar a
las cosas por su nombre. Así, la «ley reguladora de los derechos de las
personas ante el proceso final de su vida», que da alas a la confusión entre
cuidados paliativos y suicidio asistido, debería denominarse como me apunta
un buen amigo: ley anuladora del derecho a la objeción de conciencia, o
pre-norma para promocionar la eutanasia.

No hay derecho a que el enfermo decida sobre su agonía y el médico
obedezca sus órdenes. Eso sería un macabro eufemismo del suicidio asistido.

Además, el problema son los procedimientos y los fines con que se está
aplicando la sedación paliativa, no el hecho en sí mismo. Y eso se agrava
cuando el motivo que la anima ya no es terapéutico, sino que lo que se
pretende es acelerar la muerte del paciente.

Por diversos caminos, seguro que llegaremos a la conclusión de que el
valor intrínseco y la dignidad personal de todo ser humano no cambian,
cualesquiera que sean las circunstancias concretas de su vida. Una
persona, aunque esté gravemente enferma o impedida en el ejercicio de sus
funciones superiores, es y será siempre una persona. Jamás se convertirá en
un vegetal o en un animal.

Nuestros gobernantes nos están colando de tapadillo la ley de muerte digna,
pues dicen que es: «reguladora de los derechos de la persona ante el proceso
final de la vida». ¡Toma nísperos!, que diría el maestro Campany.

A ver si nos enteramos de que porque alguien se haya convertido en
una «carga» para los otros o para sí mismo, por su grave deterioro físico o
mental, no significa que su vida no valga la pena de ser vivida, que sea una
vida sin valor vital. Es más, la mera existencia del enfermo reta a la medicina a
descubrir ayudas y terapias adecuadas.

Nadie puede adjudicarse el poder de acortar intencionadamente la vida,
aunque tampoco el de retrasar encarnizadamente la muerte.

Por todo ello, catalogar la sedación paliativa de «derecho del paciente» del
modo como lo hace el artículo 14 de la citada Ley de muerte digna, permite
abrir la puerta a acciones de eutanasia, al quedar equiparadas «situaciones
graves e irreversibles», «situaciones terminales» y «situaciones de agonía».

No olvidemos que un enfermo tetrapléjico, o con parálisis cerebral, o con
Parkinson, o un anciano con demencia senil, no están en fase terminal ni en
agonía.

Estamos de acuerdo en que ni la sedación paliativa ni la terminal son
eutanasia encubierta. ¡Bien, sí! Aunque es primordial ser claro y llamar a
las cosas por su nombre, pues hay algunos que quieren evitar que se llame
eutanasia a acciones médicas que en realidad sí acaban con la vida.

En fin, regresando al inicio, deseo con toda el alma que el Sr. Stephen
Hawking tenga una felicidad eterna como culminación de su vida en la tierra,
premio de tantos sacrificios y por lo bueno que seguro estará haciendo por los
demás cada día.

Y, a la vez, a ver si se continúa avanzando en la atención a los enfermos
terminales y a sus familias, también en la fase del duelo, y en lo que respecta
a una mejor dotación en medicina paliativa, hospitalaria y domiciliaria.

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